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Consideraciones acerca del autodidactismo en conexión con la estructura de la sociedad moderna y su historia.

Julián Suárez Mouriño ·

Es un hecho que la educación moderna pertenece a una misma estructura a la que también pertenecen la ciencia, la revolución industrial y el Estado nación.

El conocimiento científico no es ya el saber ingenuo de los sentidos fiado a las apariencias, una fe que quizás Grecia nos permita entender si alguna vez existió y cómo lo hizo. Sea como fuere, diálogos de Platón como el Teeteto siembran una fáustica semilla, cuya flor moderna no será ya la esporádica inquietud escéptica socrática, sino la posición misma de objetividad, de validez por principio y en cuanto tal. Descartes y Kant constituyen los dos extremos de un segmento importante de dicha empresa.

Manipulación del entorno natural, esto es, trabajo, lo hay por una razón simple de continuismo entre el animal y el medio. Modernamente, en cambio, el animal humano es ya pleno individuo, pleno sujeto diferenciado que pone frente a sí el constructo físico-matemático bajo cuya determinación cuantitativa cae todo fenómeno natural. El trabajo, entonces, deja de ser mero continuismo ecológico y pasa a ser conciencia de manipulación debido a la conciencia de constitución cuantitativa de la naturaleza. La aritmética ya no es el reflejo, en alguna tablilla, de la contabilidad de algún tesoro palaciego; ni la geometría ni el algebra son ya el problema puro, fenomenológicamente exento, sino que ellas son la forma misma de todo fenómeno, su interna determinabilidad, siendo que cuanto mayor es el conocimiento físico-matemático de la naturaleza, tanto mayor es su manipulabilidad y tanto mayor por lo tanto nuestro control e independencia frente a ella. Tal es la esencia del trabajo moderno que irrumpe con la Revolución Industrial.

El Estado nación es el garante de la independencia, de la diferenciación de cada sujeto, de su libertad e igualdad. Frente a cualquier carga y prejuicio natural este impone las garantías y las consecuencias de la autonomía y de la voluntad libre. Es la sociedad que exige el despliegue histórico de la ciencia. Es la sociedad moderna.

Pero un extraño fenómeno se suma a la fiesta de una naturaleza subsumida bajo las determinaciones y principios del método científico y de un animal humano transformado en sujeto libre, discontinuado: el capital.

El capital es el incentivo no ofrecido por nadie en concreto, sino manifiesto por las propias conexiones estructurales de la Modernidad para que el trabajo trabaje, la ciencia “ciencee”, el estado “estadee”, o sea, para que la Modernidad sea sin conciencia al respecto de sus razones, de por qué es, de cuál fue la alternativa, de si es que la hay, si es que la Modernidad está ella misma determinada por algún criterio o si ella es como las cosas son: el ser.

El capital es expresión de una condición que todavía hoy se reconoce en el propio trabajo científico, a saber: la condición de punto ciego de los propios principios científicos que validan cuanto aquí ha sido dicho de la ciencia pero que a su vez resultan científicamente indemostrables. Una condición de punto ciego, que, sin embargo, ha caído en desgracia en el ámbito social por confundir el fracaso y el irreparable daño político con una filosofía, la del Marx de el Capital, que vale en cuanto a la averiguación de la estructura de la sociedad moderna, y que su conexión con lo que haya sucedido políticamente, que desde luego la hay, no es, ni remotamente, de programa, sino precisamente de: qué es la Modernidad, si es o no es ella misma el ser, siendo que "capital", insisto, es expresión de ella manifestándose como siendo ella misma el ser.

Y ¿qué decir de la educación dentro de este contexto, en conexión dentro de esta estructura de fenómenos modernos?

La educación es el desempeño propio del Estado nación frente a los sujetos para que estos sean, “sujeteen”. Es decir: la educación es la transformación ciega del animal humano en sujeto. Se trata, históricamente, del papel tutelar ejercido por los estados nación para ayudar a liberar las fuerzas productivas en los términos de las revoluciones industriales. En una segunda fase para la competición imperialista capitalista (utilizo “capitalista” en el sentido de: ciegamente imperialista). En una tercera, que sería la propia desde la Segunda Guerra Mundial y la de España hoy en día, no ya solo para imponer la ceguera funcional en cuestión, sino degenerada en tanto que las conciencias deben asimilar el papel subalterno de la nación en el contexto de una hegemonía imperial ya decidida en cuanto a los factores que son decisivos respecto a dicha hegemonía, que tienen que ver con cuestiones financieras, militares, etc. Es decir, que la educación hoy en día no es solo la formación de los sujetos de la sociedad moderna, sino la deformación de estos en el sentido de una no-neutralidad debido a la posición material, subalterna, de los mismos (de los españoles frente a los estadounidenses, p. ej.)

En tal contexto, todo lo bueno que pueda suceder en términos intelectuales, tendrá que ser, generalmente, a pesar de la estructura en cuestión, a la cual le va el imponerse con ceguera al respecto de su propia constitución.

Caben buenas mentes supervivientes del sistema educativo, caben los buenos profesores, quizás ya no quepan tanto los buenos planes de estudio y desde luego no cabe en absoluto algo contrario a que, en el fondo, todo saber esté atado y encadenado a que el saber sepa, o sea, a que el trabajo “trabajee”, a que la filosofía dé "algo de sí", algo positivo…

Quedaría hablar al respecto de una razón propia de la filosofía, su falta de objeto, que vuelve ya por principio repugnante toda institucionalización y administración suya. Hablaré de ello otro día. Diré únicamente para acabar que, si soy autodidacta, lo soy precisamente porque no quiero ser bueno a pesar de cierta institución, sino bueno precisamente gracias a que vivo en una selva donde no hay camino sin tala, o sea, donde no hay camino sin conciencia de que se hace contra cierto bosque.