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¿Qué es el idealismo en el contexto de la historia de la filosofía? Sección primera

Julián Suárez Mouriño ·

PARTE I: KANT COMO NÚCLEO HISTÓRICO-FILOSÓFICO DE LA DILUCIDACIÓN DEL IDEALISMO

La filosofía crítica kantiana consiste en algo en principio extraño al sentido común, a saber: que el criterio de la crítica en cuestión esté dentro y no fuera de lo que se critica, que sea interno a la cosa y no externo. Es de sentido común, por ejemplo, la noción de aplicar un criterio en cuanto a cierta disputa. O la de aplicar el derecho en cuanto al hecho ilícito cometido. Igualmente, la de imponer un orden al desorden, etc.

En todos estos casos se presume la existencia de un criterio aparte que se aplica sobre una materia para la que no rige tal criterio. Pero para entender a Kant es conveniente que partamos de la idea de que no hay en él, en su etapa crítica, fundamentación de un criterio externo e independiente cuya subsiguiente aplicación a casos carentes de él, ya al material empírico en general, fuese su propuesta, su solución o su filosofía, sino que su crítica (Crítica de la razón pura, práctica, del juicio) es algo así como una limpieza lógica dentro del material mismo y en cuanto a los elementos lógicos que ese mismo material propone; es como si el juez, en lugar de aplicarle al criminal un derecho y una condena indiferente a la “ley de la calle”, le exigiese, por pura consecuencia y coherencia con la propia razón criminal, que él mismo no reclamase ser dueño de nada, tampoco de su vida, tampoco su derecho a un juicio justo, etc., en tanto en cuanto el principio por el que él mismo se rige, la violencia, es inconsecuente con ninguna garantía jurídica que no sea la propia ley de la calle.

Y aprovecho este argumento para anunciar algo que tendrá importancia más adelante, a saber: que las propias garantías jurídicas en Kant son también pensadas como criterio interno al respecto del material “personas humanas”, nunca como un intento de fundamentación externa cuya aplicación subsiguiente fuese su filosofía del derecho. El término “crítica”, de hecho, se emplea por una continuidad con el griego todavía pragmáticamente sentida en el alemán de Kant, que no quiere decir (no solo, al menos) refutar, despreciar, rechazar, negar, etc., sino dilucidar una cuestión no decidida y decidir al respecto suyo: κρίνειν (/krínein/).

La cuestión no decidida y puesta bajo la crítica es: qué es la validez del conocimiento de las cosas o, sin más, qué es la validez de las cosas. Ese “sin más” significa, efectivamente, que debemos asumir la siguiente ecuación: conocimiento válido = realidad de las cosas, al menos pidiendo al respecto de dicha ecuación lo mínimo, que, si se demuestra la bondad de un conocimiento, haya de aceptarse a su vez la realidad de su contenido en algún nivel, o sea, sin que tampoco nos veamos obligados a no pensar en una realidad aun más fundamental o incondicionada al respecto de tal conocimiento demostrado como válido. En cualquier caso, ese mínimo nivel del valor de la ecuación conocimiento = realidad es el propiamente kantiano y al que nos vamos a atener para entender qué es el idealismo, en tanto que Kant es para el idealismo el referente, lo es de Fichte, Hölderlin, Schelling y Hegel.

Hemos dicho que la filosofía kantiana consiste en una especie de limpieza lógica de la realidad dada, en el sentido de la obtención de una razón que determina, dentro de la propia realidad, un criterio que decide al respecto de ella en cuanto a: cuando es realmente real y cuando es un mal entendido.

Si, pongamos por caso, sueño que estoy paseando por el foro de Atenas y, en un instante después, veo que ya no estoy ahí sino tumbado en mi cama de Barcelona, la experiencia de la continuidad de mi paseo por Atenas y de mi estado de reposo en mi cama de Barcelona es perfectamente real, si bien cierto examen de la continuidad en cuestión puede arrojar una conclusión tal como que, si el tiempo es un continuo constituido por instantes abstractamente idénticos, en el sentido de que ninguno otorga posiciones arbitrarias a las cosas sucedidas en él, entonces ningún instante en Atenas puede ser continuista con ningún instante en Barcelona (ello sería temporalmente arbitrario) si entre medias no hay un instante en que vuelo en avión, viajo en coche, barco, etc., por tanto: que la realidad en cuestión fue un malentendido. La cuestión, que debe quedar clara, es que en el examen de algo real ha aparecido un criterio capaz de discernir internamente.

Es importante ver que los criterios correctores en cuestión son una pluralidad que a su vez se reparten en dos lados: del lado del entendimiento y del lado de la intuición (de la sensación).

Del lado del entendimiento son criterios una lista de estados referidos al modo de existencia de las cosas: tal que posible, existente, etc. Pero enunciados tales estados de este modo, como una mera lista, no se percibe cual es el conflicto y por lo tanto no se entiende qué significa y frente a qué decide exactamente un criterio como “posible”, en el sentido de, cuándo cabría decir kantianamente que una cosa es posible, del mismo modo a como, sin el conflicto planteado al respecto de la continuidad de instantes Atenas-Barcelona, no sabríamos qué quiere decir continuidad entre instantes en general, o sea, “tiempo” como condición de una experiencia válida.

Pues bien, tales categorías, también del griego καταγορεῖν (/katagoréin/), “decir con respecto a”, o sea, tal lista de predicados con respecto a cualesquiera cosas válidas, son referidas en su significado al significado mismo del tiempo-espacio, al criterio que más arriba obtuvimos del examen de un hecho real y que llamamos condiciones de posibilidad de la experiencia, del cual dijimos: consistir en instantes abstractamente idénticos con posiciones, en cuanto a sus contenidos, no arbitrarias. Es decir, que la semántica de tales condiciones de la experiencia informa al unísono al respecto de la lista de conceptos puros o categorías, de la lista de cuanta conceptualización pura es pertinente en cuanto a una experiencia válida.

Es así que, “posible”, significará cuanta cosa es real, pero que no sucede solo porque, en el orden de la sucesión en cuestión que se contemple, no le corresponde suceder “ahora”, pero sí suceder en general. A un fantasma, por ejemplo, kantianamente no le corresponde suceder en general debido a la continuidad de instantes vivo-muerto-vivo. Tal cosa no es posible en ningún tiempo, pero sí lo es en cambio un unicornio. La existencia de un unicornio está incluida, pues no está excluida de iure (no lo está que devenga evolutivamente un caballo con un cuerno), en algún punto indeterminable de la sucesión infinita en que consiste el tiempo, siendo la indeterminación de tal punto junto con su no exclusión existencial por principio lo que define su posibilidad. Por el contrario, cuando además hay determinación temporal-espacial como nota dentro del concepto en cuestión, entonces el concepto no es posible sino necesario. Un concepto matemático es necesario. Piénsese en la entidad en que consiste el número natural 2. Siendo nota del concepto en cuestión una posición determinada dentro del conjunto de los números naturales, su existencia es necesaria en algún punto determinado del espacio, o sea, que no es que sea ya un hecho contingente en el tiempo-espacio, como lo es el unicornio, sino que lo es de iure. Existencia, por último, es lo que se conceptualiza con una quiditas válida, o sea, acorde a las formas de la experiencia y que, además, su posición es determinable en cuanto que suceso o fenómeno. Este texto, por ejemplo, es existente en cuanto que su posición es coherentemente determinable ahora.

Podríamos seguir con la lista: sustancia, accidente, etc., si bien vamos a dar el argumento por suficiente en cuanto a entender que las categorías, es decir, cuanto concepto puro está implicado en cada conceptualización de la sensación individual, o sea, en toda experiencia válida, que tales conceptos puros tienen por justificación el sentido del tiempo-espacio, y que no son funciones lógicas deducidas o abstraídas de cierta facultad del enjuiciamiento sustantivada con independencia del significado del tiempo-espacio, que, por lo tanto, no es que la razón pura del entendimiento se aplique ordenando la sensación en bruto, sino que redunda críticamente en lo que ya está ordenado así, si se entiende que dicho orden ya lo hay y que las inconsecuencias (aparente continuidad de sueño y vigilia, posibilidad de fantasmas) son un mal entendido producto de una ausencia de tematización sistemática de la regla en cuestión, tematización que es la empresa intelectual kantiana.

PARTE II ¿CÓMO SE PRODUCE EL DESPLAZAMIENTO IDEALISTA?

En la investigación kantiana es un presupuesto, como se ha visto, el que ya hay validez pretemática o presistemática en la experiencia. Pero también es kantiano caracterizar a la experiencia (con excepción de la experiencia pura de los conceptos matemáticos) como “juicios sintéticos a posteriori”, es decir, que la validez de la experiencia de la existencia de este texto que estás leyendo requiere de cuantas condiciones válidas hemos descrito pero, al fin y al cabo, requiere de que haya experiencia en general, “haber” que no está en general garantizado, que es, por lo tanto, contingente. Entonces: que las condiciones de validez, formales, universales y necesarias, en cuanto a toda experiencia válida son, en el fondo, contingentes, pues lo son al respecto de algo en el fondo irreductiblemente contingente.

Esta clase de tensiones aparecen y desaparecen a lo largo de toda la obra crítica kantiana, lo cual es normal para todo esfuerzo filosófico que piensa al límite de lo pensable; planteando caminos, que en ocasiones se transitan, en otras se interrumpen, etc., y cuyas tensiones dan lugar no solo a una riqueza filosófica ingente, sino, por lo que aquí respecta, a un posible desplazamiento de la cuestión a, no en qué consista la regla, el criterio o validez de la experiencia en general, sino que, dado que la experiencia es contingente en el fondo, contingencia que arrastra a la propia validez, cuál sea entonces precisamente la validez de dicha validez de la experiencia, o sea, cómo, asumiendo la contingencia en el fondo de la experiencia, cabe se justifique validez alguna, siendo la cuestión, entonces, e, insisto, cuál sea la validez de la validez o en qué consiste una validez absoluta. (El espíritu...).

Quiero acabar esta primera sección de la argumentación diciendo que la cuestión o punto de partida del idealismo tiene sentido en relación a las propias tensiones de la obra kantiana. Que no merece la pena convertir lo que, por lo visto, es el adversario de la escuela de Gustavo Bueno, en una caricatura, sino que en todo caso merece la pena atender a la cadena de razones que por fidelidad al propio argumento sitúa al pensamiento ante cierto callejón sin salida. De modo que, que sea justificadamente adversario o no, es decir, que quepa reprochar algo al idealismo desde algún otro sitio, es precisamente el asunto que aquí nos orienta, algo que iré desarrollando a medida que tire del hilo de la cuestión acerca de la validez de la experiencia en general.

La pretensión de este trabajo se presenta, por lo tanto, doble. Por un lado, favorecer a que se rompa la endeble puerta tras la que se ha hecho costumbre en España encastillarse como “materialista” sin que circule con el mismo tesón una idea de qué es “idealismo” más allá de, como digo, múltiples caricaturas. Segundo, emprender yo mismo mi propio estudio de la obra de Gustavo Bueno, uno que creo estará bien orientado si es que acaso me permito tomar en serio el adagio de que hacer filosofía es hacerla contra alguien ¿Contra quién? pregunto; esa es aquí la cuestión.

 

Advertencia

Este texto, así como los venideros en torno a esta cuestión, tienen una redacción orientada por una finalidad didáctica. Pretenden, además, estructurar una serie de guiones para una serie de vídeos de YouTube sobre el idealismo alemán. El objetivo no es solo prepararme yo mismo para el estudio de la obra de Bueno a la contra de sus presuntas posiciones (que todavía no conozco en detalle), sino aclarar en el medio que es YouTube qué significa “idealismo” en el contexto de la historia de la filosofía, un término que ha generado un doble vulgar tal y como le sucedió al término “romanticismo”. Es por estas razones que he prescindido deliberadamente de emplear la jerga kantiana, un uso que, de por sí, exigiría verter cientos de palabras para su sola explicación. Aquí, por lo tanto, se explica a Kant y se explicará cuanto se explique, apoyándome, más o menos, en el lenguaje ordinario, o sea, solo introduciendo jerga kantiana poco a poco y muy cuidadosamente. Si un conocedor de Kant no quiere entender el argumento sino tomarse el trabajo de corregirme en cuanto al uso de la terminología, yo mismo le ahorro el trabajo diciéndole que he prescindido deliberadamente de términos, véase esquema (σχῆμα), que ninguna relación tienen con el uso ordinario del español en cuanto a lo que significan en el alemán filosófico de herencia escolástica del siglo dieciocho de Kant. Ya veremos, en cuanto a esta decisión que he tomado, hasta qué punto permite conservar una buena argumentación kantiana. Son estas decisiones, al fin y al cabo, las típicas de esa cuadratura del círculo que pretende el filósofo cuando se quiere hacer entender frente a no filósofos o frente a un estudiante de filosofía para el cual Kant es un reliquia cuyo polvo ni merece. Hay algo, en cualquier caso, de interesante en este ejercicio de renovación terminológica, que es que, no hay mejor prueba de la comprensión de un pensamiento que la expresión mediante la palabra propia, aunque tal prueba sea increíblemente huidiza al juicio debido precisamente a que las señales objetivas del sentido, los significantes, ya no constan como garantías de que se está diciendo algo propiamente kantiano.