¿Qué es el idealismo en el contexto de la historia de la filosofía? Sección segunda: de Kant a Fichte
Julián Suárez Mouriño ·
PARTE I: RECAPITULACIÓN
En la sección primera aludimos a cierta inestabilidad del conjunto arquitectónico kantiano. Esa inestabilidad tiene que ver, como tantas otras veces en la historia de la filosofía, con el sentido que tenga el principio del que se parte y con los problemas asociados a la propia noción del sentido preterminológico del que se parte (esta idea se aclarará más adelante).
Hemos dicho que, en Kant, para determinar los criterios ontológicos en que consiste su obra crítica, se parte de la existencia de cosas en general o de la experiencia en general, asumiendo, al respecto de dicho material empírico del que se parte, que es válido y objetivamente presente, con la única e importante reserva, fruto precisamente del análisis kantiano, de que caben internamente experiencias: el fantasma, el sueño, que en realidad son irreales, inobjetivas, inválidas, malos entendidos, en definitiva. Entonces, que la realidad de las cosas se acepta preterminológicamente, pretemáticamente, presistemáticamente, siendo que es solo por esa aceptación de partida que caben términos “al respecto de”, tematización del criterio “al respecto de” y sistema de la pluralidad en que se despliega discursivamente la crítica en cuestión. O sea: filosofía “al respecto de” y no metafísica escolástica en el sentido de filosofía al respecto de (en el fondo) nada, de ningún referente inmediatamente dado sino de la omnitudo realitatis en cuanto tal: Dios, etc.
Que, dicho así, no hay crítica ni filosofía a la manera kantiana si no se parte de que lo que hay ante nosotros, lo empírico, es algo que lo es con todo derecho, solo que, sin filosofía a su respecto, sin tematización de ese mismo derecho, no cabe distinguir qué enlace o juicio explicitado por el sujeto es según el tenor concreto del mismo y cual no, cual solo amparado porque en general lo empírico tiene abstractamente su derecho de ser, amparo abstracto que solo equivocada y confusamente apoya el juicio en cuestión.
De este modo vimos que, si sueño que ahora estoy en Atenas e inmediatamente después estoy sobre mi cama de Barcelona, el estar allí y acto seguido estar aquí es de hecho una experiencia real, eso que llamamos sueño, cuyo carácter de real-en-general ampara al sujeto a pensar, a creer y a decir que el sueño es la realidad misma, o que el fantasma no es una alucinación sino la realidad misma, etc. Pero que, un análisis (hecho en la sección primera de este argumento) al respecto del continuismo temporal-espacial de la experiencia en cuestión arroja, no ya un carácter de normatividad en general, sino una norma concreta (el tiempo-espacio) que resuelve el juicio de la experiencia concreta en cuestión como un malentendido, y precisamente por ello sin que quepa hacer ningún reproche general a la validez de lo empírico mismo, cuando el reproche justamente se hace porque dicha generalidad normativa que es lo empírico se ha especificado en normas concretas, universales y necesarias, que, insisto, enderezan el juicio al respecto.
Volvamos al inicio. Dijimos más o menos: la arquitectura kantiana es inestable debido al sentido del que se parte y a los problemas relacionados con la noción de sentido.
Es un meta-postulado de la lógica proposicional contemporánea, es filosofía de ella, el que las proposiciones, p, q, etc., no tienen sentido, que no significan o se refieren a ningún ente posible, casa, perro, etc., en el sentido de que no llevan incorporadas en sí ningún rastro significante de ninguna ontología, que no cabe asumir en cuanto a ellas que sean el caso abstracto o formalizado de alguna cosa, sino que son formalización pura, que no son en el sentido de que nada ontológico les concierne ni es aceptado en cuanto a lo que signifiquen. Que no se refieren a nada porque todo sentido y referencia se hallan metodológicamente anulados. Ya veremos en favor de qué y por qué. Una falta de sentido metodológicamente establecido que es la misma falta de sentido de que, por ejemplo, no-p entonces q = V.
Valga decir que, con esto, no nos estamos refiriendo a otra cosa más que a la clásica renuncia de la ciencia al sentido en tanto que prejuicio de la investigación, solo que ya hoy en día llevado hasta sus últimas consecuencias, o penúltimas, quién sabe.
Porque, efectivamente, no tiene sentido que de una inexistencia “se siga” verdaderamente alguna existencia. El único enlace verdadero que tiene sentido kantianamente en cuanto a una proposición negativa sería el disyuntivo o el conjuntivo, pero no la implicación o consecuencia. Pero es que, en lógica contemporánea, ni “seguir algo a algo” ni “verdaderamente” tienen sentido por sí mismos, o sea, fuera de la propia construcción del sistema de cálculo, para el que realmente son meros funtores simbolizados con letras y definidos ex ante, no propiamente significantes, tales como “implicación” o “consecuencia”, etc., al respecto de los cuales haya de detenerse uno a pensar qué significan.
Es decir, que no hay presuposición pretemática de una experiencia al respecto de la cual el tiempo-espacio sea su sentido, o lo que sea ontológico que determine “con sentido” cualquier proposición. Más precisamente: que como no hay presuposición pretemática de haber algo, tampoco hay sentido al respecto suyo, de tal modo que la lógica contemporánea no posee sentido alguno fuera de ella misma, que no refiere nada lógico sino que ella es la lógica en sí misma, y cuya lógica, por esta razón, requiere de una explicitación aparte de sus axiomas, o sea, de una explicitación aparte de aquello que dota de sentido.
Y, ¿cuál es entonces su peculiar sentido? Respuesta: el poder expresar, no lo que en Kant ya estamos viendo como la diferencia entre una realidad normativa en general y otra ya concretada precisamente por dicha normatividad, debido a cuya concreción por tematización lógica de la misma el juicio queda enderezado, sino que lo que pretende expresar es la realidad en su estatuto de normatividad en general, o sea, un objeto de completitud superior al kantiano (por indiferente, abstracto), en el sentido de que abarca lo que para Kant existe sin encontrarse determinado por su propia forma, con un límite mínimo de consistencia que está al servicio de esa máxima completitud.
Lo que ha sucedido entre Kant y la lógica proposicional contemporánea, justamente para llegar a este punto de rechazo al sentido, es, entre otros hitos intelectuales que vendrán después, el idealismo, la conciencia al respecto de la inestabilidad misma de la arquitectura kantiana; la conciencia del problema que comporta la aceptación de la experiencia como noción pretemática válida del examen filosófico (el sentido).
Y ¿cómo se expresa concretamente esa inestabilidad que será el principio pensante del idealismo? Lo hemos dicho ya en la sección primera de esta argumentación: si la experiencia es en general contingente y ella es la referencia del sentido que comporta el criterio formal kantiano, mejor dicho, todo el despliegue plural del mismo: formas de la sensibilidad, del entendimiento, imperativo categórico, etc., entonces tales formas de la validez de la experiencia están, vamos a decir, contaminadas de contingencia, esto es, impugnadas en su validez como formas universales y necesarias de cualquier experiencia en tanto que referidas a una experiencia en el fondo contingente.
Es decir, que precisamente una experiencia en el fondo contingente atribuye a la validez misma, al formalismo kantiano deducido de ella, contingencia, arruinando el estatuto de verdad de la validez misma.
De tal modo que el idealismo virará hacia una pregunta del tipo: ¿en qué consistiría una validez absolutamente válida? Un viraje que, como veremos, partirá de una impugnación al respecto del punto cero del análisis kantiano, o sea, de la aceptación de una realidad dada, de una experiencia ya dada y normativa en general, pretemática. De modo que, así, impugnando el paradigma mismo del análisis kantiano en tanto que contingente su asunto, el problema se resituará en términos tales de justificación de la validez en cuanto que absolutamente válida, términos en los cuáles la posición idealista entiende que cabría justificar lo que, por otra parte, los idealistas sí aceptan del análisis kantiano, a saber, su fruto trascendental: el que haya validez a priori en general.
Dígase también, antes de continuar y para dibujar un marco histórico-filosófico aún más rico, que la obra de Heidegger, Ser y Tiempo, tiene como pretensión precisamente aclarar y abordar la legitimidad, después de todo, del sentido, de la aceptación pretemática que comporta en cualquier caso el pensar esencial.
PARTE II: DEL ANÁLISIS KANTIANO A LA GÉNESIS IDEALISTA. FICHTE
Si la noción de una realidad pretemática válida en el fondo contingente, presupuesto kantiano de la filosofía, ha sido impugnada en tanto que la pregunta acerca de la validez se ha desplazado de la validez de lo presunta y pretemáticamente válido a la validez, no de lo válido pretemático, sino de la validez en sí misma considerada, del tema mismo, Fichte entenderá ilegítimo partir por deducción fenomenológica y partirá entonces genéticamente, de modo que ya no se tratará de reflexionar acerca de lo dado, sino acerca de lo a priori, que se acepta, si bien sin referencia a eso dado. O sea, que, insisto, se tratará de reflexionar en cuanto a la validez misma y no en cuanto al material empírico dado.
El desplazamiento idealista comporta, por lo tanto, no partir de la materia pretemática sino de la forma trascendental misma en su génesis hacia la materia o experiencia en cuestión. O sea, que no habrá proceder deductivo sino genético. Una génesis que, por lo tanto, habrá de tener su derecho propio y autónomo, algo, entonces, de validez ingénita, a partir de la cual se genere, precisamente por ingénita, ella misma.
Quede claro, antes de seguir, que no se está hablando aquí de ningún orden genético de una cosa material que va antes que la otra, pero a cuyo respecto cabe otra todavía anterior, etc. O sea, que no es lícito sustituir la génesis idealista por el big bang ni nada por el estilo, porque lo que está sobre la mesa es el proceder mismo de la filosofía una vez se acepta que hay validez a priori, léase, tiempo-espacio, y recuérdese al caso cuanto dijimos del sueño y del fantasma; no está sobre la mesa, no al menos por ahora, ninguna cosmogonía. No se está diciendo tampoco que algo formalísimo cree los árboles, las personas, etc., aunque habrá en algún momento motivos para una religiosidad de cuño idealista (en algún sentido de la palabra), sino que lo que se está diciendo es que, aceptando el fruto del análisis kantiano, esto es, la validez descubierta, tematizada, no se aceptará junto con ello lo que sí es kantianamente aceptable, a saber: que el contenido contingente del juicio regido por tal validez sea, en tanto que su contenido, lo válido de la validez, ni la validez tal validez por deducida de una noción de válido pretemática que se examina de cara a tematizar dicha validez.
Se pretenderá, pues, que todo hecho, que todo juicio sintético a posteriori, cualquier enunciado al respecto de, por ejemplo, este lápiz que tengo en mi mano, que en Kant es, aunque contingente en su contenido, juicio válido en cuanto que la síntesis en cuestión es expresión de la normatividad del juicio, que, o bien se asuma que su contingencia o calidad de a posteriori supone que la validez en cuestión queda impugnada y sí cabe entonces continuidad instantánea entre estar en Atenas y en Barcelona, pues de lo en el fondo contingente no cabe deducir regla alguna, o que todo juicio contingente haya de poder construirse como un a priori, como un juicio de la matemática, o que haya dependencia de una evidencia genética, o sea, alguna tesis de validez a priori, es decir, ya no la forma sino la existencia misma de tiempo-espacio, la cual en un orden estrictamente lógico y no sintético determinase a priori la invalidez de tal continuidad, algo que en Kant no es determinación lógico-genética sino determinación a priori debida al sentido informativo del tiempo-espacio deducido del análisis de un material empírico que se toma como pretemáticamente válido.
Lo propiamente fichteano, siguiendo este hilo argumental, será ver entonces génesis y no deducción analítica del tiempo, siendo que, como hemos dicho, la palabra génesis no designa aquí un origen temporal, sino la legitimación filosófica de aquello cuya validez Kant ya daba por supuesta.
PARTE III: ACERCA DEL DERRUMBAMIENTO DEL EDIFICIO KANTIANO DEL LADO DEL SENTIDO, Y DE LOS PILARES FICHTEANOS DEL ENTENDIMIENTO Y DEL IMPERATIVO CATEGÓRICO COMO ÚNICOS SUPERVIVIENTES.
Hemos dicho que la síntesis válida de un juicio dependía, para un enlace válido de los términos del mismo, de que la pluralidad de la sensación (la sensación del sueño en el que estaba paseando por Atenas y justo después sobre mi cama de Barcelona) respetase como tal pluralidad el orden no arbitrario de los instantes en que consiste el tiempo y que, bajo dicho respeto, el juicio en cuestión correspondería a un sueño y no a un desplazamiento físico real de Atenas a mi habitación, o sea, que la atribución de realidad al sueño fue un mal entendido (solo si se entiende por la realidad del sueño que ello fue un desplazamiento Atenas-Barcelona como tal y no una alucinación, pues como alucinación es real, es realmente una alucinación).
El viaje como tal comporta el concepto del mismo, donde concepto quiere decir: lo concebido espontáneamente bajo la regla pretemática tiempo-espacio, cuya tematización pone en juego la regla apta para que el juicio se dote de un criterio que discierna cuando es el viaje en cuanto tal y cuando es el sueño del viaje, entonces, para que dicha espontaneidad advierta su constitución.
Concepto puro será entonces la noción trascendental de la unión válida o síntesis válida en cuanto a la determinación objetiva de toda experiencia, del mismo modo a cómo la sensación pura, el tiempo-espacio, es la clase de pluralidad válida de toda unidad válida, siendo por esta razón la sensación pura informante al respecto del sentido de las categorías (posible, necesario, etc.), pues cualquier sentido de enlace o concepción habrá de serlo informado por el sentido de dicha pluralidad pura, o sea, por el sentido del tiempo-espacio. O sea, que la unidad pura será siempre en algún sentido temporal-espacial debido a la presuposición pretemática kantiana de dicho sentido en cuanto a la experiencia en general.
¿Cómo puede, entonces, Fichte, aducir tal unidad pura, cuya validez a priori acepta, pues acepta que haya objetividad en general, a priori sintético en general, sin derivar su sentido de su contingencia de fondo?
Veamos.
Si seguimos recorriendo la arquitectura kantiana, observaremos que la contingencia-en-el fondo de lo objetivo en general, supone la independencia de la objetividad en cuanto tal respecto a todo contenido. Dicho en román paladino: que es regla lo que es regla y lo que no, no.
Es regla la objetividad en cuanto tal, la síntesis en cuanto tal, pero cualquier enlace que cumpla la regla es un caso contingente de cumplimiento. La regla no puede decidir al respecto y por sí misma qué cosas suceden, solo sabe que, lo que sucede, sucede según sus términos.
Si, en cambio, hubiese algún concepto en concreto, juicio sintético a posteriori, que tuviese que cumplirse, él sería un fin.
Y, que no haya fines, es otra forma del postulado de aquella independencia.
Ahora bien, "fines" también es cuanto Kant reconoce como lo propio del “poner” del proceder científico, el cual procede como si de facto los hubiera, porque tales fines son meras tesis de facto, en el sentido de que la validez de tales tesis no es formal-trascendental sino la propia simplificación conceptual que comporta la noción de ley, que no deja de ser un concepto que subsume otros, como el de gravitación universal el concepto que subsume el del cuerpo en caída libre y el de la órbita planetaria.
Es decir, que tanto la aceleración en caída libre como la elipse de las órbitas planetarias tienen como legalidad una misma y a priori, el concepto puro, la síntesis pura, esa de la que hemos hablado una y otra vez y que hemos dicho que ella ni es finalidad alguna ni la comporta sino solo constitución válida, pero que, en su calidad de conceptos empíricos, sí expresan naturalmente un “como si” el contenido en cuestión tuviese el fin del concepto en cuestión, o sea, una filosóficamente importante confusión o ficción, fruto de la mera colindancia semántica entre constituirse algo como algo y considerar que dicho algo cumple algo.
En los términos profundos de la analítica kantiana solo hay algo que se constituye como algo, pero tanto en el proceder científico como en las decisiones que toman las personas en su vida (hago esto para cumplir con aquello) ese “como sí” o confusión estructura empíricamente lo empírico. Se trata, en jerga kantiana, de representaciones, incluso ficciones (si se considera un último concepto empírico subsuntorio), que acompañan necesariamente a la constitución a priori o síntesis a priori.
Tal circunstancia de facto, o sea, que de facto haya fines, es equivalente a decir que de iure no los hay; haberlos es posición o tesis, colindancia con la constitución, no deducción fruto de la analítica trascendental. Igualmente, el postulado de la independencia de la regla frente a lo que suceda como caso particular de su cumplimiento, o sea, que no haya fines naturales de iure, es equivalente a que ningún objeto que pueda caer bajo mi decisión contenga información al respecto de que ello sea un fin mío, de que yo me tenga que decidir por él como objeto de una decisión verdadera (= fin de iure).
Se ve así como la independencia de la regla en cuanto al contenido vale como postulado tanto para el conocimiento como para la decisión. Quedaría únicamente ver cuál es en específico la regla de ese lado, la regla de la decisión.
Y, si hemos llegado justo a este punto, es porque aquella pregunta de: “¿Cómo puede, entonces, Fichte, aducir tal unidad pura, cuya validez a priori acepta, pues acepta que haya objetividad en general, a priori sintético en general, sin derivar su sentido de su contingencia de fondo?”, tendrá por respuesta: no kantianamente en virtud de la espontaneidad sintética sino de la decisión en cuanto tal.
Advertencia
Este texto, así como los venideros en torno a esta cuestión, tienen una redacción orientada por una finalidad didáctica. Pretenden, además, estructurar una serie de guiones para una serie de vídeos de YouTube sobre el idealismo alemán. El objetivo no es solo prepararme yo mismo para el estudio de la obra de Bueno a la contra de sus presuntas posiciones (que todavía no conozco en detalle), sino aclarar en el medio que es YouTube qué significa “idealismo” en el contexto de la historia de la filosofía, un término que ha generado un doble vulgar tal y como le sucedió al término “romanticismo”. Es por estas razones que he prescindido deliberadamente de emplear la jerga kantiana, un uso que, de por sí, exigiría verter cientos de palabras para su sola explicación. Aquí, por lo tanto, se explica a Kant y se explicará cuanto se explique, apoyándome, más o menos, en el lenguaje ordinario, o sea, solo introduciendo jerga kantiana poco a poco y muy cuidadosamente. Si un conocedor de Kant no quiere entender el argumento sino tomarse el trabajo de corregirme en cuanto al uso de la terminología, yo mismo le ahorro el trabajo diciéndole que he prescindido deliberadamente de términos, véase esquema (σχῆμα), que ninguna relación tienen con el uso ordinario del español en cuanto a lo que significan en el alemán filosófico de herencia escolástica del siglo dieciocho de Kant. Ya veremos, en cuanto a esta decisión que he tomado, hasta qué punto permite conservar una buena argumentación kantiana. Son estas decisiones, al fin y al cabo, las típicas de esa cuadratura del círculo que pretende el filósofo cuando se quiere hacer entender frente a no filósofos o frente a un estudiante de filosofía para el cual Kant es un reliquia cuyo polvo ni merece. Hay algo, en cualquier caso, de interesante en este ejercicio de renovación terminológica, que es que, no hay mejor prueba de la comprensión de un pensamiento que la expresión mediante la palabra propia, aunque tal prueba sea increíblemente huidiza al juicio debido precisamente a que las señales objetivas del sentido, los significantes, ya no constan como garantías de que se está diciendo algo propiamente kantiano.